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No me llamo Dios, me llaman Dios.

Hemos creado a un monstruo, se llama Dios.
Desde tiempos inmemoriales hemos otorgado los poderes de la crueldad en una conciencia llena de contrariedades. Ese mismo Dios que nos salva de nuestros pecados, ese mismo que nos perdona, ese mismo que nos engaña o que se aprovecha de nosotros. Ese Dios que nos castiga, no es más que una proyección de nosotros mismos porque entendemos de lo que somos capaces sin control. Y aquí radica la verdad. Control versus información versus conciencia. Quien entienda esto sabrá que el 99% de los humanos creen en Dios y aunque no sean practicantes de su fe en público, lo llevan en la sangre. La fe es el resultado de la búsqueda hacia nuestro interior. Cada uno la fomenta de un modo distinto y por ello somos crueles con los demás, porque hemos creado una Dios que nos libera de todas las cargas. Que nos perdona ante cualquier error, que nos acepta tal cual somos. Ese Dios somos cada uno de nosotros. La iglesia se fundamenta en hechos irrevocables escritos en su propio interés. Acaso Dios necesita pertenencias, oro, diamantes, piedras preciosas, casas o castillos, acaso necesita comer? Yo creo que no. Somos inocentes. Aún con la verdad delante seguiremos aferrados a los antiguos momentos de una historia que no nos concierne. De una historia que solo nos une por el recuerdo inducido a través de la escuela. Por qué un maestro estimó oportuno enseñar parte de ella y la otra no. El control se encuentra en todas partes, desde que nacemos en un hospital, hasta que morimos en otro. Es curiosos como se encajan las cosas vistas desde otra perspectiva. Yo escribo para dejar claro que mi nombre no es Dios sino Dios. Así han conquistado los hombres a los hombres, en nombre de una mentira, una ley forjada con el fuego de la venganza con el golpe pesado de un rey celestial que nos domina. Todo esto para controlar. Y seguimos repitiendo el patrón, solo que ahora lo hacemos con persona y valores bursátiles. Estamos perdidos o solo desorientados?

Un templo de lágrimas

La vida se elige o se vive?
Aunque el camino se hace por uno mismo, yo vivo para poder elegir. En estos momentos no nos dejan hacerlo y cada día que pasa nos acorralan con poderes otorgados por leyes del hombre.

Soporto una carga impuesta por esas leyes, sólo, con el temor de la inferioridad. Y la verdad es, que no siento mucho más, mi respeto desapareció con la última sonrisa socarrona de Rajoy, con los mensajes subliminales de Botín, con los contactos de confianza de Botella, etc.; en ese espacio entre la desfachatez y las fronteras de la honestidad, intentan germinar las migajas de unos pocos seres humanos que aún actúan a golpe de corazón. A pesar de la insignificante relación, confieso que el orgullo me lo comí esta misma tarde, con el postre como si de un “topping” de chocolate se tratara.

Dulce orgullo español.

Supongo que estamos aquí para dar un gran paseo. Con un filón de metáforas a nuestra disposición para utilizar o ignorar. Nos lleve o no a nuestro destino debo intentar ayudar, hasta agotar la última migaja.

Un servidor puede soñar.

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